Por: DANIEL SAMPER PIZANO | 9:56 p.m.

Juan Manuel Santos considera que la minería es una locomotora. Ojo al tren, señor presidente.

La semana de cataclismos económicos -que perjudicará sobre todo a los más pobres, como es de rigor- dejó a Colombia dos noticias, una buena y una mala. La buena: que el precio del oro alcanzó cumbres históricas. La mala: que esta circunstancia acelerará la avidez de las empresas mineras y amenazará aún más el medio ambiente de zonas productoras de ese metal, al que debemos tantos ingresos… y tantos problemas.

El oro llegó a pagarse el lunes a 1.720 dólares la onza, cifra nunca vista. Los famosos «mercados», aterrados por la fragilidad de otras inversiones, hicieron como los conquistadores españoles: buscar oro. Puesto que lo producimos, es bueno que suba su precio, pese a que crea poco empleo. Pero resulta peligroso que la fiebre por desenterrarlo destruya zonas ecológicas irrecuperables y promueva más corrupción de la que ya ha sembrado.

La indignación de los santandereanos frenó un proyecto de gran minería en el páramo de Santurbán. Hay que imitarlos. Hay que indignarse, carajo…

No solo acecha el brazo de oro de multinacionales como MPX, a cuyo servicio trabajan hoy varios de los más destacados funcionarios del gobierno pasado. También acecha el brazo de carbón. Hace poco, María Jimena Duzán denunció cómo MPX, que tiene poderosos intereses en explotar y transportar carbón en el noreste de Colombia, se llevó de paseo a Brasil a «una veintena de autoridades locales de la Guajira y el Cesar». Había concejales, alcaldes, diputados y miembros de agencias ambientales. Los atendieron como príncipes. Les dieron de dormir, de comer, de beber y hasta de bailar en el carnaval. Con semejante hipoteca, ¿qué independencia pueden tener estos funcionarios a la hora de tomar decisiones relacionadas con sus generosos anfitriones? Hay que indignarse, carajo…

Miren el caso del pueblo guajiro de Cañaverales, donde MPX planea una explotación carbonífera que puede contaminar la villa. Un grupo de habitantes de Cañaverales se opuso a ello y su queja llegó a la etapa de conciliación. Daba grima ver en este acto, en representación de los intereses de la empresa, a personas que hasta hace un tiempo despachaban en el Ministerio de Ambiente. Hay que indignarse, carajo, como se están indignando en España, Israel…

El gobierno de Juan Manuel Santos considera que la gran minería es una locomotora. Ojo al tren, señor presidente, que lo mismo puede aportar ingresos valiosos que corromper con sutileza desde viceministros hasta concejales y arrasar la naturaleza, cuya propiedad es de nuestros hijos. Repase el balance histórico de la explotación internacional del oro en Colombia, lo que nos ha quitado y lo que nos ha dejado, y obre en consecuencia. Yo sugiero modestamente que una comisión de personas inmaculadas vigile el resplandeciente tinglado que se está montando.

ESQUIRLAS. 1) Es aterrador, por su descaro, el proyecto del presidente del Senado, señor Corzo, que blinda con varias capas de impunidad a los parlamentarios. ¿De dónde salen algunos de estos oscuros personajes que ocupan cargos antes reservados a prohombres? Muy pocos de los más recientes «dignatarios» (es un decir) están por encima de toda sospecha, y varios acabaron presos. Hay que indignarse, carajo… 2) ¿Ante quién responden las agencias de riesgo, capaces de reventar la economía mundial con una mera calificación? Asegura el columnista Paul Krugman que hace unos años Standard & Poor’s otorgó máximas notas a papeles hipotecarios que luego trajeron la ruina a millones de personas. Al hundirse, la deleznable Lehman Brothers llevaba en el bolsillo una medalla de S&P. Hay que indignarse, carajo… 3) Son curiosos, casi insultantes, los nombres en español de estas agencias. Standard & Poor (Normal y Pobre) no es ni lo uno ni lo otro. En cuanto a Moody (Caprichosa), proclama su propia volubilidad. 4) La Selección Colombia es un símbolo nacional, que exige impecable conducta a quien vista su camiseta. ‘Bolillo’ Gómez no lo entendió. Tiene que irse.

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