Leopoldo Gavito Nanson – viernes, julio 27, 2012

Además de iniciar una guerra, el delirante gobierno de Felipe Calderón empezó su tiempo con la tolerancia, el encubrimiento de los responsables de la tragedia de Pasta de Conchos –los empresarios dueños de Minera México– convertida en referente mundial de connivencia gubernamental y con la veta presidencial forense que para eximir a los militares responsables de la violación tumultuaria de Ernestina Ascencio decretó su muerte por indigestión.

Desdichado sexenio de persecución sindical, impunidad, criminalización y muerte en cantidades industriales, con lo macabro incorporado como normalidad en la vida cotidiana. Un gobierno involutivo promotor de muerte que recrea corregido y aumentado lo que escribía John Kenneth Turner en sus muchos artículos y en su México Bárbaro, donde los cadáveres de los esclavos eran tantos que para ahorrarse los entierros eran echados a los caimanes. Inicia su ensayo con una frase lapidaria que aún es vigente: “a pesar de que México es un país con leyes escritas y una Constitución, es un país en donde la ilegalidad domina por excelencia partiendo desde el propio Gobierno”. Como suele pasar en este país de secretismos donde los asuntos de interés público los convierten en privados, el libro de Turner no se conocería en español sino hasta 40 años después de que fuera editado en inglés.

Lejos y olvidadas quedaron las palabras de Javier Lozano Alarcón que, en febrero de 2007, decía, no solaparía a ningún servidor público que estuviera involucrado y que “no taparía a ningún personaje, por más importante que sea”. En el gobierno de Felipe Calderón no sólo ha solapado al grupo México y otorgado más de 700 permisos de explotación de minería metálica a cielo abierto por todo el territorio nacional, sino que también ha sido perfectamente omiso en corregir las muchas irregularidades de cientos de minas de carbón en Coahuila. Hace apenas un par de meses, el obispo Raúl Vera, singular religioso, dijo que las autoridades aún violentan los derechos de los mineros al permitir la operación de los “pocitos” y que el presidente Felipe Calderón será recordado por los 60 mil muertos y todos los desaparecidos, el desorden y sed de justicia. Pero respecto a los “pocitos” que pomposamente llaman minas, el obispo alza repetidamente la voz para denunciar que entre gobiernos estatales y federal se ha hecho una nube de complicidades. “Es uno de los crímenes que estamos denunciando (lo de Pasta de Conchos)… todo esto es lo que no han querido ver con el apoyo de la Secretaría de Trabajo del Gobierno federal, de la Secretaría de Economía y del Gobierno de Coahuila, esos crímenes se le han cubierto y se han hecho cómplices”. Pacto de impunidad, le llama el obispo.

Pero el gobierno de Felipe Calderón es un gobierno impasible. No escucha, sólo cuando la presión social y mediática es muy grande organiza eventos y encuentros para simular que escucha. Así, una nueva explosión en Coahuila por gas metano en una mina de carbón pinta una raya más al tigre de las calamidades.

Dice la Secretaría del Trabajo y Previsión Social que la mina había sido clausurada por no tener salida de emergencia, pero volvió a funcionar sin haber corregido nada. Difícilmente, la llamada mina no pasaba de ser un pozo. Por si fuera poco, sale a la luz que los trabajadores carecían de seguridad social y prestaciones laborales.

Después del crimen industrial de Pasta de Conchos, las minas llamadas “pocitos” continúan en las mismas condiciones de precariedad laboral e inseguridad integral. Las denuncias al respecto atraviesan todo el sexenio, basta con dar seguimiento a don Raúl Vera que ha mantenido con tenacidad el dedo sobre el renglón.

Sólo hay una explicación posible. Las autoridades federales y las coahuilenses están coludidas. Que continúen los accidentes porque sigue en operación dicho tipo de explotación minera violatoria de leyes laborales, industriales, y de derechos humanos necesariamente implica la existencia de complicidades corruptas en todos los niveles. Lo mismo que sucede con la explosión geométrica de las minas metálicas a cielo abierto.

Enfilado hacia su término, el gobierno federal se agota en la incapacidad para cubrir sus muchos flancos cuestionables que bordean por el filo de la responsabilidad criminal. Uno de ellos las sospechosas facilidades y encubrimientos para los negocios mineros; no sólo Minera México, también el inquietante crecimiento de las mineras canadienses a cielo abierto.

*Es Cosa Pública

leopoldogavito@gmail.com

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