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La historia de la Pitaya Roja y la Esperanza

Homenaje A Bety Cariño

Canto Del Río

Hace unos años escribí un cuento. Ahora lo quiero compartir por aquí esperando que surjan más palabras en las próximas horas……

La historia de la Pitaya Roja y la Esperanza

Había una vez en el país de las nubes una mujer gordita del color de la tierra. Sus ojos eran como dos frijolitos llenos de vida y sus palabras tenían la fuerza de un río. De niña le gustaba mucho ir por el campo a cosechar pitayas y regresaba a la casa con la boca y las manos todas sucias de su jugo. Por eso le empezaron a decir la Pitaya Roja.

La Pitaya Roja era muy alegre y todo el mundo la quería. Pero no sólo era alegre sino que tenía un don muy especial: podía ver la esperanza. No era como las otras personas que de vez en cuando tenían esperanza en algo. No. Ella veía por donde caminaba la Esperanza, el color de sus ojos, la forma de su huipil, inclusive podía escuchar su voz. A veces caminaba por las veredas y por ahí la veía, a la Esperanza, cargando la cosecha en su rebozo.

Hasta que un día decidió acercársele para platicar.
– Hola Esperanza, me llamo Pitaya Roja. Todos los días te veo pasar en frente de mi casa. Te quería decir que cuando quieras puedes quedarte a tomar un café o descansar un rato. Debes cansarte de ir de un lado para otro a buscar corazones.
– ¡Ay Pitaya! – le contestó Esperanza – Si los corazones fueran todos como el tuyo, que tienes ojos para mirar, entonces no me cansaría tanto. Pero muchos ya no me ven y por eso batallo mucho para que me abran la puerta. A muchos corazones ya les vendieron una alarma que les hace dividir el tiempo en pedazos. Cuando pasa un pedazo de tiempo la alarma suena y promete un regalo. La señora que les dio esta alarma a los corazones se llama Expectativa. Después de un rato de tener la alarma de la expectativa se pierde la capacidad de ver la Esperanza, o sea de verme a mí. Por eso me voy haciendo cada vez más viejita, pero todavía no me muero ¡no te preocupes!
– Ay Esperanza – contestó la Pitaya Roja -¡lo siento mucho! Debe de ser muy tramposa esta señora Expectativa, no la conozco. Pero todas las veces que pasas por aquí, mi corazón se llena de sueños, flores y mariposas. Siento siempre la necesidad de ir a compartirlos con alguien más y mi tristeza se va de viaje. ¡Ven más seguido! Cuéntame como están los otros corazones, quiero que seas mi amiga!

Y fue así que la Pitaya Roja y la Esperanza se volvieron mejores amigas y más que se veían, más que la Pitaya Roja le compartía esperanza a los demás y su alarma de la Expectativa cada vez sonaba más bajito.

Un día llegó la Esperanza a la casa de la Pitaya Roja y la encontró llorando. “¿Qué pasa amiga?” Le preguntó. Y la Pitaya Roja le contó a Esperanza la historia de un pueblo en donde la Expectativa no había llegado sola, sino que se fue acompañada por el Señor Poder. Ese señor era muy viejo, pero parecía muy fuerte: repartía un veneno entre los corazones, escondiéndolo dentro de las alarmas de la Expectativa. Cuando el veneno entraba a los corazones hacía que la Esperanza no pudiera llegar y sembraba allí una semilla transgénica: la Guerra.

– Oh Pitaya….¡eso es terrible! Tenemos que ir a ese pueblo y espantar a esa pareja tan malvada. Tenemos que curar a esos corazones heridos para que vuelvan a soñar, antes de que la semilla transgénica de la Guerra crezca más, y ¡fijate que crece rápido!.
– Pero Esperanza – exclamó la Pitaya – ¡eso es muy peligroso! Tengo miedo…
– Toma mi rebozo, te ayudará a controlar el miedo – le dijo Esperanza a la Pitaya entregándole su rebozo – Y sí – siguió – tienes razón, es muy peligroso, pero si no vamos, esa hierba mala de la Guerra se va a expandir. Y además, recuerda: en caso de que te pase algo, tu corazón lleno de esperanza va a seguir alimentando los sueños de todas las personas con las que has compartido en todos estos años. Yo me encargaré de visitar siempre sus corazones y tu espíritu vivo en cada uno de ellos.
– Tienes toda la razón – dijo seria la Pitaya Roja. – Entonces tenemos que irnos ya, ¡rápido!

Y la Pitaya Roja se abrigó con el rebozo de la Esperanza y ya no tuvo miedo. Se fueron juntas a ese pueblo lleno de corazones heridos y otros envenenados por el señor Poder. La hierba mala de la Guerra había crecido por todos lados y crecía tan rápido que una rama envolvió completamente a la Pitaya Roja y la atrapó. En ese momento su cuerpo se cayó al suelo inerme y de su corazón salieron unas mariposas y unas semillas se cayeron al suelo. Ahí de repente creció un pitayo rodeado de cientos de alcatraces.

Ante semejante espectáculo, la hierba mala de la Guerra se detuvo. Los corazones envenenados también se pararon a ver, como si ya no se acordaran de dónde venía tanta belleza. Los corazones heridos se llenaron de fuerza. La Expectativa tuvo un ataque nervioso porque no había calculado la fuerza de la Esperanza y a qué hora exacta iba a presentarse. El poder vio los alcatraces sin saber qué eran y se quedó tan distraído que se tropezó en una piedra y se rompió una pierna.

En otros lugares fuera de ese pueblo, todos los corazones que la Pitaya Roja había contagiado con sus sueños empezaron a arder y de repente pudieron ver la Esperanza también, o mejor casi todos: menos los que habían decidido hacerle caso a ese viejo señor Poder. La Esperanza fue con cada uno de los corazones ardientes y les regaló un puñado de semillas que había encontrado en casa de la Pitaya Roja. Les dijo la Esperanza a los corazones:
– Tomen, estas semillas ella las dejó para ustedes. Son semillas de Rebeldía. La Pitaya Roja las cosechó una vez que fue a una selva en el Sur. Siémbrenlas en sus corazones y en los de sus compañeros y yo los iré a regar

Mientras tanto la Expectativa le ayudó al Poder a levantarse del suelo y le curó la pierna. Decidieron que tenían que hacer un plan para frenar la Esperanza y las semillas de Rebeldía que la Pitaya Roja había dejado. Pero su plan nunca les salía porque la rebeldía brotaba donde menos podían predecirlo y la Esperanza corría muy rápido y nunca la alcanzaban atrapar.

Así las semillas empezaron a crecer, en algunos lugares se volvieron bosques y en esos bosques ya no podía ni el Poder (ni en sus intentos de disfrazarse de su hermano Desarrollo) ni la Expectativa, ni las semillas transgénicas de la Guerra. A veces las semillas de rebeldía crecían también en lugares tan difíciles y áridos como en los laboratorios donde el Poder fabricaba su veneno o en las cárceles donde encerraba a las y los soñadores que caían en sus manos. Y ahí también llegaba la Esperanza, buscando un huequito para entrar a regar esas plantitas de rebeldía.

Un día mientras estaba entrando a una cárcel a visitar un árbol de Rebeldía muy grande, al que le decían Encino, se encontró a una niña:
– Y tú ¿qué haces aquí en una cárcel? ¿Cómo te llamas?
– Me llamo Libertad, aquí vengo a transplantar las plantas de rebeldía y llevarlas al bosque con los demás árboles. ¿Me ayudas Esperanza?

Hace unos años escribí un cuento. Ahora lo quiero compartir por aquí esperando que surjan más palabras en las próximas…

Posted by Canto Del Río on Sunday, April 26, 2020

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