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Los desaparecidos de la tribu en medio de la disputa por el Territorio Yaqui

Enriqueta Lerma Rodríguez*

14 agosto 2021

“No sabemos si están comiendo, si están bebiendo agua o si los golpean”, dicen preocupadas las madres y esposas de los desaparecidos, envuelto el rostro en el rebozo que oculta su pena. Son mujeres de la tribu yaqui, al sur del estado Sonora, una de las regiones más golpeadas por la violencia a nivel mundial en los últimos años. No saben si la escalada de disparos, “levantones”, torturas, fosas clandestinas, son causados por el narcotráfico, por los ejecutores de proyectos extractivos, por quienes intentan frenar el Plan de Justicia Yaqui, por rencillas entre la delincuencia organizada o por disputas entre distintos grupos de poder en la región. Pero están ahí: las mujeres, la guardia tradicional de Loma de Bacum, la tropa yoemia, los voluntarios, la policía, buscando a los yaquis desaparecidos.

Los desaparecidos de Loma de Bacum

El 14 de julio de este año quince personas, entre ellas siete de la tribu yaqui, fueron “levantadas” cerca del rancho Agua Caliente, ubicado en la sierra del Bacatete, espacio histórico y sagrado de la tribu. El testimonio de una persona, que prefiere guardar su anonimato, declaró haber observado, a eso de las cuatro de la tarde, cómo dos sujetos, montados en motocicleta y en posesión de armas largas, mantenían bajo vigilancia dos camionetas en los lindes del rancho Woi ba’am (El Coyote). Los vigías le hicieron señas de que se fura. Al descender de la sierra, el testigo notificó lo que vio en la guardia tradicional de Loma de Bacum. Los miembros del gobierno tradicional de inmediato se percataron, por la descripción de la camioneta, que se encontraban en peligro los siete vaqueros, miembros de la tribu, asignados el día anterior a subir a los ranchos y acarrear reses destinadas a la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de la localidad de Bataconcica. Ante la alarma, los reunidos en la guardia tradicional esperaron hasta el anochecer su regreso, pero como no aparecieron, decidieron subir al día siguiente, 15 de julio, a la sierra el en su búsqueda, encontrando en el monte objetos personales tirados, una pila y una res quemada. Los desaparecidos fueron identificados como Eladio Molina Zavala (44 años), Braulio, Pérez Sol (40 años), Martín Hurtado Flores (53 años), Fabian Valencia Romero (27 años), Fabian Sombra Miranda (34 años), Juan Justino Galaviz Cruz (28 años) y Leocadio Galaviz Cruz (38 años), todos de ocupación vaquero, cuatro de ellos con cargo ritual como chapayeka en las ceremonias rituales de la cuaresma yaqui.

Sin embargo, estos no serían los únicos “levantados”. Mientras se realizaban las primeras averiguaciones, se presentaron en la comunila (asamblea yaqui) de Loma de Bacum representantes de la policía estatal y de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora, quienes buscaban a otras dos personas desaparecidas en la misma fecha y también en el área de ranchos de la sierra. Se trataba de Artemio Arvallo Canizalez de 60 años y de Gustavo Acosta Hurtado de 49. Aunque ambos habían subido a la sierra a comprar ganado al momento de la desaparición, Artemio Arvallo participaba activamente en la lucha que sostiene el pueblo de Loma de Bacum en contra del Gasoducto IEnova, por lo que era reconocido como amigo de la tribu. Al parecer, en el mismo levantón fue sustraído el vaquero Benjamín Pórtela Peralta, vecino de la región, quien rancheaba en las tierras serranas.

La cosa no pararía ahí. Como parte de aquella serie de “levantones”, el mismo día y en el mismo lugar fueron retenidas otras cinco personas: dos mujeres adultas, un hombre mayor, una niña y un niño, las cuales fueron liberadas, presumiblemente por no ser parte de la tribu. Las victimas comentaron que a eso de las seis de la tarde, ya oscureciendo, fueron “venadeados” por una intensa luz sobre el rostro que les impidió ver a sus atacantes, quienes los arrojaron sobre el piso, los amagaron y los tuvieron retenidos. El día 16 fueron liberadas las mujeres y el día 17 los hombres, fuertemente golpeados. Sin embargo, durante la incursión a la sierra realizadas el día 15, los miembros de la tribu y las fuerzas policiales no habían encontrado sus huellas, a pesar de que obligaron a huir a un grupo armado con el que se enfrentaron a balazos.

A más de veinte días de estos hechos, las averiguaciones por parte de la guardia tradicional de Loma de Bacum, del Ejército Nacional, de la Guardia Nacional, de la Marina y de la policía estatal, persiste. Sin embargo, para los pobladores de Loma de Bacum esto no ha significado mayor tranquilidad, pues no tienen noticias del paradero de los desaparecidos y acusan que las distintas fuerzas del orden parecen estar más preocupados por indagar otras cuestiones, tales como el cultivo y almacenamiento de drogas, sobre caminos de desvío o campamentos de la delincuencia organizada. Pareciera que con las desapariciones encontraron la oportunidad para merodear a sus anchas por la sierra e ingresar de manera constante al Territorio Yaqui, ya que realizan numerosas incursiones, pero sobre el caso no muestran avances. Familiares de los desaparecidos, externan su preocupación por el paradero de sus seres queridos, algunos de los cuales padecen enfermedades crónicas.

Sobre otras desapariciones y las raíces de la violencia actual

Aunque en la historia de la tribu yaqui los episodios de violencia son de larga data, ahora la cuestión es distinta. En la historia de la tribu la guerra fue franca: contra la Corona Española, contra la naciente república mexicana, contra los poderes regionales, contra el Ejército Mexicano… ¿Hoy contra quién es? No se sabe. Lo único claro es que padecen ataques a la población de manera diseminada, pero constante. A la muerte causada por enfermedades derivadas de los plaguicidas y la contaminación del agua (cáncer de hígado, páncreas o del estómago), a los numerosos accidentes o enfermedades mal atendidas, se suma el asesinato y la desaparición de varios miembros de la tribu. A este dolor se añade el padecimiento de la muerte violenta y ajena: la de otras personas que no eran parte de la tribu, pero que fueron encontradas en fosas comunes clandestinas: cuerpo de hombres y mujeres, muchas veces incinerados o torturados. Este tipo de violencia alcanzó a Pótam, Vicam, Loma de Guamuchil y ahora a Loma de Bacum, es decir, a la mitad de los ocho pueblos tradicionales.

La escalada de violencia actual no se originó en un pasado tan remoto; tiene una coyuntura identificable: tomó fuerza en el contexto de la resistencia contra el Acueducto Independencia, iniciada en 2012, y se intensificó tras el bloqueo en 2016 de la instalación de la tubería del Gasoducto IEnova en su paso por Loma de Bacum. Ambos proyectos, por separado, representaron los intereses de diferentes partidos políticos y la intencionalidad de distintas propuestas instrumentales sobre el Territorio Yaqui. La oposición a este tipo de intervenciones también tuvo sus respectivas resistencias por parte de la tribu, concretizadas en dos procesos de lucha distintos. El proyecto del Acueducto Independencia, que se propuso -y logró- llevar agua del río Yaqui (presa del Novillo) a Hermosillo, disminuyendo así la posibilidad de una mayor dotación de agua a la tribu, fue impulsado por Guillermo Padres, del Partido Acción Nacional, entonces gobernador de Sonora, y fue repudiado por un movimiento generado desde la localidad de Vicam Estación, en alianza con agrotintanes del Valle del Yaqui (empresarios agrícolas) y con el Congreso Nacional Indígena. El proyecto del Gasoducto IEnova (una megaobra de distribución de gas, planeada para conectar desde el sur de Estados Unidos hasta Sinaloa), en cambio, fue impulsado por la priísta Claudia Pavlovich, actual gobernadora de la entidad, y tuvo como principal oponente al pueblo de Loma de Bacum, quienes cuentan con el respaldo de activistas del movimiento agrario regional del siglo pasado y con el profesorado de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación de Sonora. Loma de Bacum, de hecho, fue el único de los ocho pueblos yaquis que se resistió al paso del gasoducto por su territorio.

Ambos movimientos de resistencia carecen de vínculos políticos entre sí, al grado de ser opuestos, y cuentan con sus respectivos voceros. El de resistencia en contra del acueducto fue lidereado por Mario Luna, Tomás Rojo, Fernando Jiménez, Librado Valenzuela, entre otros, quienes gozaron del respaldo de la sociedad civil. Por su parte, los voceros de la hazaña de desviar el trazo del gasoducto en Loma de Bacum -movimiento que sí tuvo éxito- fueron los yaquis Martín Valencia, Guadalupe Flores, Anabela Carlon, Casilda Flores y el asesor Rodrigo González, originario de Ciudad Obregón, conocido como “el yaqui adoptado”.

La violencia en el Territorio Yaqui incrementó en el contexto de estas dos coyunturas. Primero como una violencia estructural hacia la autonomía yaqui, intensificada por la intervención de fuerzas políticas y empresariales, que condujeron a dividir a la población indígena en distintas actitudes, opiniones y niveles de aceptación, respecto a los proyectos, a través del derroche de dinero para comprar voluntades y con el manejo amañado de las consultas indígenas. Esta forma de violencia, en un segundo momento, se vio incrementada a través de la infiltración de grupos de provocadores y de la delincuencia organizada, que aprovecharon la estrategia de la protesta yaqui: el cierre de la carretera internacional número 15 -originalmente instalado para presionar el cese de la construcción del Acueducto Independencia- desviando sus objetivos hacia una forma de control de la principal vía de comunicación, ahora al servicio del narcotráfico. De modo que tanto la carretera, como los caminos de desvío están bajo el resguardo de halcones, sin que estos sean identificables, puesto que están mezclados con miembros de la tribu, que mantienen los retenes carreteros como parte de la lucha en contra de la obra hídrica.

La tercera forma de violencia transitó de forma particularizada hacia personas específicas, y se inauguró con un asesinato y dos encarcelamientos: la desaparición y homicidio de Francisco Delgado Romo, alguna vez gobernador de Pueblo Vicam, y la acusación en septiembre de 2014 de dos de los voceros del movimiento en contra del acueducto: Mario Luna y Fernando Jiménez, señalados como los principales sospechosos, y a quienes se les imputaron los cargos de secuestro y robo, por los que fueron presos. Este tipo de violencia selectiva se repitió en octubre de 2016 en contra del movimiento que se opuso al gasoducto, en la persona de Fidencio Aldama, joven de la tribu yaqui, acusado injustamente del asesinato de un hombre, durante la invasión de Loma de Bacum por parte de originarios de Loma de Guamúchil, quienes, en posesión de armas, amenazaban con desmantelar el gobierno tradicional baqueño por frustrar el paso de la tubería de gas. En la misma coyuntura fue secuestrada la abogada y activista yaqui Anabela Carlon Flores y su esposo Isabel Lugo Molina, quienes habían apoyado días antes a la realización del peritaje cultural que mostraba las afectaciones del gasoducto a la cultura yaqui. El ataque a la guardia tradicional baqueña también significó una nueva y cuarta forma de violencia: los enfrentamientos al interior de la tribu, pueblo contra pueblo: yaquis de Loma de Guamúchil contra yaquis de Loma de Bacum.

La violencia selectiva tuvo continuidad y mayor intensidad este año. En mayo fue asesinado a balazos Agustín Váldez, hijo de un gobernador de Loma de Guamúchil, camino a una fiesta. En junio fue ultimado en Ciudad Obregón, Luis Urbano, activista de Vicam Estación. En mayo fue desaparecido Tomás Rojo, originario de Pótam, también activista de Vícam Estación. Su cuerpo fue encontrado un mes después en una fosa clandestina.

La quinta forma de violencia que se incentivó en Territorio Yaqui fue hacia el sector más joven de la tribu, ya que la delincuencia organizada incrementó el reclutamiento y el exterminio, a través de levantones y el asesinato de decenas; entre ellos, dos jóvenes de Tórim, uno de los cuales apareció muerto. En este contexto serían asesinados dos más de Loma de Bacum. Tiempo después tendría lugar una sexta forma de violencia: el uso del Territorio Yaqui como tiradero de cuerpos, convirtiéndolo en un espacio colmado de fosas clandestinas, donde tristemente yacen jovencitas asesinadas y hombres anónimos, amagados.

Por último, el levantón de 15 personas en la sierra del Bacatete, que resultó en la desaparición de siete miembros de la tribu y de tres avecinados, representa una nueva forma de violencia. Hasta ahora la más estruendosa, tratándose de un terrible crimen sobre un conjunto de personas. A través de estas formas de terror, cada vez más agresivas, es que la mano oscura de no se sabe quién -o quiénes- se pretende controlar el Territorio Yaqui.

¿Dónde están?

En conversación telefónica Anabela Carlon comentó que confía en que los desaparecidos se encuentren bien, y recordó que, aunque ella fue liberada rápidamente del secuestro que sufrió con su esposo, Isabel, en 2016, éste permaneció retenido durante seis días. Los hombres les dijeron que “dejaran de andar con sus chingaderas”, refiriéndose a su participación activa en contra de la empresa IEnova; sin embargo, aunque Isabel quedo retenido no atentaron contra su vida y lo mantuvieron amagado y con el rostro cubierto sobre la cama de una casa de seguridad. De aquella experiencia Isabel recuerda poco, ya que vertían una especie de droga en espray sobre su rostro, sus alimentos y la bebida. La droga le producía enseñamiento y alucinaciones que evitaban que fuera consciente de lo que sucedía, del transcurso del tiempo y de dónde estaba. Finalmente lo sacaron de la casa de seguridad y lo tiraron en el monte, en donde pudo arrastrarse hasta esconderse en la orilla de una zanja. Anabela, espera que sus hermanos de la tribu y los otros dos secuestrados, al igual que Isabel, permanezcan con vida en algún sitio, y que puedan encontrar la libertad para volver con sus familias.

No sabemos de dónde viene esta violencia, pero algo se podrá hacer para resolverla

Como se dijo al principio de este texto: no saben si la escalada de disparos, “levantones”, torturas, fosas clandestinas, son causados por el narcotráfico, por los ejecutores de proyectos extractivos, por quienes intentan frenar el Plan de Justicia Yaqui, por rencillas entre la delincuencia organizada o por disputas entre distintos grupos de poder en la región… Anabela Carlon dice que es todo junto. Lo cierto que es que la violencia gana terreno: va en escalada, amenaza a quienes puede, se lleva a quien quiere.

Es necesario hacer algo para sanear el Territorio Yaqui de todas las formas de intervención, “progresistas”, o infraestructurales, delictivas o políticas, que lejos de ayudarlo, lo han hecho cada vez más vulnerable. Y hace falta también que al interior de la tribu los yaquis se reconozcan hermanos y se organicen para beneficiar a toda la tropa, no sólo a unos cuantos. Pero, sobre todo, urge, que las autoridades correspondientes se hagan conscientes del estado de alarma en que se encuentra la violencia al interior del territorio ancestral de la tribu y que intensifiquen

*Dra. en Antropología, Investigadora del CIMSUR-UNAM.

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